La pintura de Francisco Trujillo provoca una elevación de nuestra conciencia, nos atrae y nos habla, podemos oírla y sentirla, ya que está impregnada de las vibraciones de la naturaleza que él ha sabido captar y aplicar en sus telas, combinando los acrílicos y los óleos para recrear un mundo luminoso, fuerte. En cada una de sus composiciones cabe la sensación del universo, su movimiento, su textura, la música de los espacios siderales.

La única figura humana que aparece en esta serie de cuadros es la del chamán, ese intermediario entre el mundo natural y espiritual presente en numerosas culturas desde épocas remotas. Intuimos que para Francisco la práctica de su arte se asemeja de cierta manera al chamanismo, curándonos de la banalidad, el pesimismo y la estrechez de pensamiento, dándonos visiones de la naturaleza que nos conectan con los orígenes de la vida y con un más allá que sobrepasa el tiempo humano de los relojes y calendarios. Hay algo en estos trabajos que nos devuelve a los trazos de los primeros artistas, a las grutas de Lascaux y a sus pinturas rupestres.

Gracias a sus viajes, físicos e interiores, Trujillo sabe plasmar con su arte el espectáculo grandioso y sublime de la tierra y el cosmos. Un lienzo como El océano primordial me llevó a recordar las visiones de Goethe sobre los colores. “De la misma manera que perseguimos con placer un objeto agradable que nos escapa, de la misma manera vemos el azul”.El azul nos atrae porque habitualmente lo percibimos en relación con una profundidad inaccesible en la cual nos gustaría sumergirnos, añade el autor de Fausto. Nos bañamos entonces en ese gran poema del mar y sus “azulidades” (bleuités) como dice Rimbaud en El barco ebrio. Nuestros hermanos mayores, los kogis de la Sierra Nevada de Santa Marta, también nos hablan del océano primordial cuando nos dicen en su mitología que “Primero estaba el mar y el mar era la madre”. Tenemos la suerte de poseer una herencia multicultural y estar ligados a la espiritualidad precolombina porque venimos de la gente de las selvas y las montañas sagradas.

El artista puede ver desde lo alto, posee la mirada de arriba, la perspectiva universal. También nos habla desde lo profundo de su alma. Siempre está en la búsqueda de las formas fundamentales. Solo el arte puede expresar aquello que presentimos confusamente, nuestros lazos con la unidad, con la fuente del universo, con la idea de la eternidad.

Sin embargo, Trujillo no deja de lado esa función de denuncia que puede y debe tener el arte, cuando nos ofrece de manera convincente, en una tela que nos recuerda las imágenes satelitales, un vuelo sobre la humareda grisosa que se desprende de la Amazonia en llamas. Oímos el crepitar de las ramas consumidas en los incendios desatados por los latifundistas, a quienes los mueve la codicia, sin respetar la naturaleza, causando mucho daño con la irracionalidad de sus producciones.

Francisco Trujillo lleva más de tres décadas viviendo y pintando en París. Y expresa de manera callada su combatividad contra la injusticia que impera en Colombia, armado con la fuerza de la luz y los colores de sus imágenes. Así nos demuestra que donde quiera que estemos nos situamos en el centro del mundo, en el axis mundi. Sus cuadros son representaciones de su intuición, de sus deseos de situarse en el macrocosmos y en la danza de las partículas elementales que animan la energía condensada de la materia. Él capta las vibraciones de esa materia, por eso su obra es rugosa, volcánica, orgánica, mística, y nos transmite un sentimiento de pertenencia al aquí y al ahora, y a los símbolos del mundo de la naturaleza, a la creencia de que el futuro viene de los cielos. De ahí sus abstracciones cósmicas. Nos damos cuenta de su esfuerzo cotidiano por transformar su manera de ver el mundo.

Óleos, pigmentos, acrílicos y tierra volcánica le sirven para experimentar, dejando que las formas se produzcan espontáneamente, a causa de las reacciones moleculares. Así tenemos la sensación de asomarnos a ver esas formas universales, las rocas, los acantilados, las selvas, el cielo, las nubes, las nebulosas.

Nos propone visiones oníricas, máscaras, apariciones totémicas y los colores minerales del fondo del universo: esas figuras simbólicas, esa fortaleza en sus trazos, esa luminosidad que nos alienta y nos reposa. Francisco Trujillo ha encontrado su manera de representar el mundo, uniéndose a otros artistas que nos comunican deseos de crear, de vivir, de jugar con los lápices de colores, la tinta, el papel, la imaginación sin límites de la infancia. Pienso que él dialoga, entre otros, con pintores como Wifredo Lam, Paul Klee, Joan Miró, Henri Matisse y Gustave Moreau.

Nos habla con sus volúmenes cromáticos de aspectos que conciernen a las búsquedas preciosas que intentamos día a día: el Ser interior, la certeza de que todo es transitorio y parecido a los sueños, la unión de todas las cosas, la sagrada luz, las capas diferentes de los colores, la necesidad de seguir nuestras intuiciones, recordar que el origen de la vida es el agua, que debemos respetar la naturaleza, que el cielo es “nuestro amigo permanente”, como dice Yoko Ono.

Ya otros han señalado que el arte de Francisco Trujillo tiene que ver con la filosofía presocrática, con “el todo fluye”, “nunca te bañarás dos veces en el mismo río”, “el carácter del hombre es su destino”, “conócete a ti mismo”. También tiende puentes hacia el sueño de los alquimistas: transformar el barro y el caos en el oro del tiempo. Viendo una y otra vez los dones de sus formas y colores sentimos de alguna manera aflorar la ética de su pintura: vivimos para ser útiles a nuestros semejantes, pues la vida depende de la mutua generosidad.

Danza de los colores, movimientos presentidos, ritmos, desfile de visiones sanadoras, entusiasmos, nostalgias selváticas y marítimas, deseos de volar, de abrir los brazos y acoger el mundo, todo esto nos transmite este generoso chamán urbano del siglo XXI.